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Maroc - ELDIARIOAR.COM - A la Une - 16/Jan 13:01
Con el paso de las décadas, los seres humanos fueron asimilando lógicas propias de los objetos técnicos, hasta pensarse y funcionar como máquinas. El pensamiento rumiante expresa este proceso: una idea inercial que se impone con intensidad, gobierna al sujeto y le quita al pensar su carácter activo y reflexivo. Seguramente muchos de nosotros, antes de ir a dormir, ponemos a cargar el teléfono. Si no es el teléfono, es la computadora. Si no lo hacemos por la noche, lo hacemos durante el día. Si no es el teléfono ni la computadora, es otro objeto que requiere carga. Nos pasamos buena parte de la vida como instrumentos de carga entre objetos. Ellos se conectan, pero también podríamos decir que nosotros los conectamos y, por lo tanto, hacemos viable su conectividad. De esto se sigue que la conexión es algo que también nos implica a nosotros; es parte de nuestro modo de vida. Así es que nuestra sensibilidad conectiva se expresa con fórmulas del estilo “Ponerse las pilas”, o bien hemos dejado de hablar de cansancio –forma morosa del alma– para decir que estamos “agotados”. De la misma manera alguien dice que está “colgado” y otro habla de “engancharse”. De acuerdo con estas distinciones es que también se entiende la distinción clásica entre angustia y ansiedad, en la medida en que la primera denota el estado de tensión que se debe a un conflicto interno, mientras que la segunda es un exceso de excitación que no logró obtener la suficiente cualidad psíquica. Suele ocurrir que quien está “sobrecargado” se ponga ansioso; pero más allá de cómo se viva esta intensidad, lo importante es que la conectividad existencial se manifiesta a través de una búsqueda continua de estímulos. La conectividad requiere procesos continuos de más o menos descarga. Cuando estamos aburridos, si es que llegamos a sentir aburrimiento, si no actuamos de manera defensiva contra esa tensión, buscamos algún objeto al que adosarnos. Empezamos a scrollear y, en pocos segundos, ya no estamos viendo nada, sino que deslizamos el dedo de manera automática sobre la pantalla. Entonces, ¿quién está enganchado a qué objeto? Jacques Lacan inventó un neologismo para los objetos tecnológicos; los llamaba “letosas” (lathouses), palabra que condensa la referencia a las ventosas y a la verdad (entendida como aletheia, según los griegos: develamiento). Dicho de otro modo, los objetos tecnológicos nos chupan la verdad, se convierten en algo más que un útil; son parte de nuestra esencia, como cuando uno se olvida el teléfono y rápidamente vuelve a buscarlo. Tampoco falta quien dice que, en el teléfono, tiene “todo”; es decir, su propio ser. Fotos íntimas, claves, redes, etc. Definitivamente los tecno-objetos no son objetos cualesquiera, sino aquellos con los que entramos en una dependencia radical. Y esta dependencia no se basa en que solo dependamos de ellos, en el sentido de que los precisamos para vivir. Sino que los necesitamos para ser, por eso el neologismo de Lacan también incluye una referencia a la ousia (sustancia o esencia, también para los griegos). Todo esto lo dijo Lacan hace medio siglo, cuando ni siquiera existían computadoras en las casas. Así funciona la mente de los grandes pensadores, como la de los grandes artistas, anticipándose a la época. Ahora bien, lo que me interesa destacar en este breve artículo es que, con las décadas, los humanos mismos nos fuimos volviendo tecno-objetos. Adquirimos su funcionamiento y en la relación con nosotros mismos adquirimos el carácter de máquinas. En efecto, hay quienes dicen “Estoy maquinando” para referirse a su pensamiento más o menos rumiante. Por cierto, este último es muy distinto al pensamiento neurótico obsesivo centrado en la duda. Un pensamiento rumiante ilustra el carácter inercial de una idea con toda su ajenidad y su máxima fuerza de imposición. Es el pensamiento que queda gobernado por la idea para perder justamente su característica intrínseca: el pensar. Un pensamiento rumiante es un pensamiento que no (se) puede pensar, que no puede despegarse de sí mismo; que padece la adherencia de una carga imposible de dominar. Es una idea apremiada por una intensidad. Esta modificación de la sensibilidad, de un tiempo a esta parte, puso sobre la mesa una transformación de las categorías básicas del tiempo y el espacio. Para funcionar como objetos con cargas, necesitamos espacializarnos cada vez más. El sujeto fue perdiendo progresivamente su dimensión temporal para adquirir cada vez más el carácter de una superficie sobre la que se desplazan fuerzas que tiene que tramitar. De ahí que cada vez sean más frecuentes las técnicas del Yo que drenan “energías” y cada vez hay menos confianza en los procesos de elaboración (como la psicoterapia). El sujeto espacial, eminentemente proyectivo, pierde de a poco su interior y se siente vacío en la relación consigo mismo. Se vacía de historias. Siente que cada vez tiene menos que contar, como no sean los acontecimientos disruptivos que lo invaden. En una próxima columna desarrollaré por qué esta espacialización se vincula con que cada vez más el sujeto se reconozca en miedos antes que en deseos. Y este cambio incide en diversos procesos vitales, como el dormir. “La depresión sin épica”, como dice la canción de El Mató A Un Policía Motorizado define el estatuto del sujeto contemporáneo.
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