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Maroc - ABC.ES - Opinión - 07/Apr 10:41
He dedicado más de dos terceras partes de mi vida a los puentes y, sin embargo, tengo la convicción de que nunca llegaré a dominarlos por completo. Un puente no elimina la distancia. Hace algo mucho más difícil: la vuelve transitable. Esa precisión es esencial. El puente no niega el problema que resuelve; lo asume en toda su magnitud. Parte de una discontinuidad real –un vacío, una interrupción, una imposibilidad física de continuidad– y construye no una ilusión de unidad, sino una estructura capaz de sostener el paso. Lo resume el epígrafe de la entrada al pequeño templo del puente de Alcántara: «Ars ubi materia vincitur ipsa sua», un arte en el que la materia no se niega ni se diluye, sino que se vence con sus propias leyes. El puente organiza las condiciones que permiten salvar una discontinuidad. Por eso constituye una de las expresiones más rigurosas de la razón práctica. No se limita a formular un problema: lo resuelve sin alterar sus términos esenciales. Mantiene la diferencia, pero hace posible la relación. Fuera del ámbito de la ingeniería, esa misma lógica parece hoy cada vez más difícil de aceptar. Vivimos en un tiempo que no tiende a construir puentes, sino a reforzar las orillas. La vida pública se organiza en torno a posiciones que deben ser reconocibles de inmediato, a identidades que delimitan con claridad dónde se está y, sobre todo, dónde no se está. La mediación se percibe como ambigüedad. El matiz incomoda. La tentativa de comprender la posición del otro introduce una incertidumbre que el sistema tiende a penalizar. Construir un puente no consiste únicamente en conectar dos puntos. Exige comprender con precisión las condiciones de cada uno de ellos. Exige aceptar que las fuerzas que actúan desde ambos lados no son necesariamente compatibles. Exige, en definitiva, sostener una tensión que no puede resolverse mediante simplificación. No es una tarea cómoda. Tampoco es neutral. Quien tiende un puente no pertenece del todo a ninguna de las dos orillas. Su trabajo consiste en hacer posible la relación entre ambas, y eso implica aceptar que su posición será, inevitablemente, incómoda. Para unos resultará insuficiente; para otros, sospechosa. Una sociedad que renuncia a sus puentes termina por transformar sus diferencias en distancias irreductibles. Sin posibilidad de tránsito, las posiciones dejan de ser comprensibles y pasan a ser opuestas. Y cuando eso ocurre, el conflicto deja de poder gestionarse. Conviene recordar que la función del puente no es hacer desaparecer las orillas, sino permitir la relación entre ellas. No uniformiza, no diluye, no impone una síntesis. Hace algo mucho más exigente: mantiene abierta la posibilidad de entender. Merece la pena reivindicar la dificultad de construir lo que no se deja reducir a una sola posición. Porque el verdadero signo de madurez –individual y colectiva– no es elegir una orilla, sino sostener la estructura que permite comprender la otra. Luis Javier Sanz Balduz . Huesca ABC publicó la semana pasada un amplio artículo titulado 'Resurgir religioso en el mundo de los famosos', con un párrafo en el que Rosalía cuenta que dedicó meses a estudiar textos religiosos y filosóficos, especialmente de mujeres que marcaron la historia del pensamiento cristiano, como Santa Teresa, Simone Weil o Hildegarda de Bingen. Me parece increíble que se meta en el mismo saco a Teresa de Jesús, primera mujer doctora de la Iglesia, y Simone Weil, promotora de la primera ley del aborto en Europa en 1975. Luis Malo de Molina de la Riva. Madrid
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