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Maroc - ABC.ES - Opinión - 27/Mar 18:11
Cada 21 de marzo, con motivo del Día Mundial del Síndrome de Down , se repiten las palabras inclusión, diversidad o igualdad. Sin embargo, la realidad social y jurídica que rodea a estas personas revela una contradicción profunda: proclamamos su valor, pero seguimos permitiendo que su derecho a la vida sea más frágil que el del resto. Hoy, en España, un bebé con síndrome de Down puede ser abortado dos meses más tarde que cualquier otro (Ley Orgánica 1/2023). Ya al nacer no todos tenemos los mismos derechos. Mientras la Agenda 2030 insiste en la reducción de las desigualdades, nuestra legislación mantiene una de las más dolorosas: la que afecta a quienes ni siquiera pueden defenderse. Hablamos de inclusión, pero aceptamos que la vida de algunos esté jurídicamente menos protegida. Hablamos de diversidad, pero eliminamos sistemáticamente a quienes la encarnan de forma más clara. Esta incoherencia revela algo más profundo: una sociedad que, pese a su retórica, sigue atrapada en un individualismo hedonista que condiciona la maternidad y la paternidad a la comodidad personal. Tener hijos se ha convertido, para muchos, en una experiencia que debe encajar en un proyecto vital centrado en el propio bienestar. Se buscan hijos para 'saber lo que es', para sentirse realizados, pero no para entregar la vida por ellos. Y entregar la vida siempre implica renuncia, esfuerzo y, sobre todo, amor: un amor que, en ocasiones, parece demasiado exigente para una cultura que ha hecho del bienestar su brújula moral. Por eso, que nacieran más niños con síndrome de Down sería un signo de esperanza. No porque idealicemos la discapacidad, sino porque revelaría que hemos aprendido a mirar a cada ser humano como un fin en sí mismo, no como una realidad sometida a nuestras previsiones. Sería la prueba de que hemos dejado atrás la lógica utilitarista que mide la vida por su productividad o su perfección. Quienes conviven con personas con síndrome de Down saben bien que no son 'ángeles', ni 'eternos niños', ni estereotipos dulcificados. Son personas reales con fortalezas y fragilidades, con días buenos y días malos. Toda generalización es injusta: cada persona con síndrome de Down posee una personalidad única, rica y diversa. Pero también es cierto que, con frecuencia, aportan a los espacios que habitan una humanidad que desarma: sinceridad sin dobleces, espontaneidad, una capacidad inusual para perdonar y para querer sin reservas. Y no por ello son 'mejores', sino porque su forma de estar en el mundo nos recuerda lo esencial. La hipocresía en torno a la inclusión se hace evidente cuando observamos que celebramos la diversidad solo cuando no nos exige nada. Aplaudimos campañas, compartimos vídeos emotivos... pero seguimos sosteniendo un sistema que elimina a la mayoría de los niños diagnosticados con síndrome de Down antes de nacer. ¿Qué clase de inclusión es esta, que empieza por seleccionar quién merece vivir? Frente a esta incoherencia, urge reconstruir la sociedad con una mirada más amplia. Una sociedad capaz de acoger la vulnerabilidad como parte de la condición humana. Que reconozca que todos somos dignos de los mismos derechos humanos. Pero esta transformación social no puede recaer en las familias: necesita también un compromiso real por parte del Estado. Si de verdad aspiramos a una sociedad inclusiva, es imprescindible que existan políticas públicas que acompañen a quienes conviven con la discapacidad en su hogar: ayudas económicas suficientes, programas de respiro familiar... La inclusión no puede depender del esfuerzo privado; necesita estructuras que la hagan posible. Ojalá nacieran más niños con síndrome de Down. Sería el signo más claro de que hemos aprendido a vivir orientados hacia el otro y empezado a comprender que la fortaleza de una sociedad se mide por cómo trata a quienes más necesitan ser acogidos. Y quizás entonces podríamos decir que somos una sociedad inclusiva. Porque la inclusión no se declama, se demuestra. Y empieza siempre –siempre– por proteger la vida de todos.
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