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Maroc Maroc - ABC.ES - Opinión - 19/Mar 18:37

Cafés y librerías que cierran

No me gusta (ni me sienta bien) el café, pero adoro, entre otras cosas por herencia paterna, los cafés. Adoro también, de siempre, las librerías, ya sean de nuevo, o de viejo. Últimamente, abundan las malas noticias tanto sobre cafés como sobre librerías. Empezando por los primeros, en Madrid es un misterio lo que vaya a suceder con el Gijón, la joya cafetera del paseo de Recoletos. Durante la feria del libro antiguo del mes de septiembre nos faltó cruelmente a los aficionados. Alguna cita, incluso algún acto, tuvieron que trasladarse a la vecina Taberna del Gijón. Esta última pertenece a la misma familia a la que hasta unos días antes perteneció el café. Desde entonces, este está reformándose. El grupo que lo ha comprado ha anunciado a bombo y platillo que respetará su esencia. Ojalá sea cierto... La esencia de un café es a la vez su continente, es decir, su arquitectura interior y exterior, y su contenido, es decir, tanto las gentes que lo viven como una segunda casa, como los que pasan por él llegados de lejos. En el caso del Gijón, fundado en 1888, su actual diseño interior, de Carlos Arniches, figura señera de la generación del 25, e hijo del comediógrafo homónimo, data de 1948. Especialmente hermoso su sótano, obra de 1962 del malogrado arquitecto navarro Curro Inza, autor de la Choricera de Segovia, fascinante mole que se ha salvado de milagro de la piqueta, aunque su destino como centro comercial no parece el más deseable para arquitectura tan inspirada. ¿Qué va a pasar, o ha pasado ya, con ese sótano, escenario de tantísimos banquetes y conspiraciones? Al parecer unas inoportunas goteras corroyeron gran parte de las tablillas de madera que lo forraban. A ver cómo se resuelve esa zona. Inmortalizado por la pluma de Gómez de la Serna, Espina, González-Ruano, Pérez Ferrero, Cela, Marino Gómez-Santos, Mariano Tudela, Jesús Pardo, Julián Marcos, Umbral, Vicent, Pepe Esteban, Javier Villán, Marcos Ordóñez o el camarero-escritor Pepe Bárcena, o por el pincel de Eduardo Vicente, Capuleto o Ángela Selitka, ojalá el Gijón no se convierta en lugar 'vintage', tentador para turistas, pero no tanto para escritores. Existe un precedente, el del Comercial, en la glorieta de Bilbao. Nos temíamos lo peor, y hay que reconocer que no fue para tanto, pues el espacio ha cambiado poco, la cocina es buena, y albergan eventos literarios y musicales. Pero como sucede en muchos sitios, desde antes de las trece horas todo está reservado para almuerzos. Adiós tertulias. Hace poco no me acordé, quedé ahí a tomar el aperitivo, y ante la única alternativa de la barra, abarrotada, tuvimos que trasladar el encuentro a un establecimiento de la vecina calle de Malasaña. Por lo demás, ese día el excelente quiosco delante del Comercial (otro capítulo un poco de lo mismo: la elegía de los quioscos madrileños…) había sido temporalmente transformado… en una tienda kitsch de rosas para el día de San Valentín. Había cola… Pasando al apartado librerías, por referirme sólo a las de nuevo, en Madrid últimamente caen tantas que empieza a parecer una epidemia. Inició la marcha, cerca del Comercial, Tipos Infames . Más recientemente, tras un fallido intento de encontrar una fórmula que asegurara su continuidad, en Argüelles Lola Vivas cerró ese lugar único que era Cafebrería. ¿Quiénes serán los siguientes? Tocando madera para que no desaparezcan espacios que de momento resisten, como Cervantes, en la calle del Pez; el Centro de Arte Moderno, en Hilarión Eslava; o El Aleph (mi librería de guardia), en Ferraz. En mis últimos paseos europeos he tenido, en lo libresco, bastantes malas sorpresas. Caminando por París, Bruselas, Roma, Viena, Belgrado, Varsovia o Cracovia, ¡cuántas veces he intentado volver a tal o cual paraíso de papel, y me he encontrado con otro comercio! Hace poco, en la capital polaca mi amigo Michel Lefebvre me reprochaba que le hacía caminar kilómetros… para resultados exiguos. Le dije que tenía razón, pero que no era mi culpa si tal local donde siempre encontrabas algo había dejado de ser anticuariado, para convertirse en café o 'boutique'. Durante mi último viaje a Bruselas, di con tres de mis librerías de viejo preferidas, pero gran pena me produjo el encontrarme cerrada con candado, a media tarde, la Galerie Bortier, uno de los pasajes cubiertos más hermosos de Europa. Tras la verja, observé que la legendaria Van der Elst, inmortalizada por el gran Paul Delvaux en una fantasmagórica acuarela de 1956, había pasado a ser… una pizzería chillona. Queriendo saber algo más, por la web Bortier: Galerie Gourmande supe que quedan (no sé con qué horario) sólo tres libreros, frente a seis establecimientos de comida rápida: un sirio-libanés, un bar de tapas, un café 'literario' (a saber…), una quesería, un 'burger', y la citada pizzería… Nostalgia de la vieja Bortier, sustituida, no sin resistencia (pero a la vista está que esta no fue suficiente), por lo que designan como 'food market'. Todo, eso sí, con barniz de respeto a la tradición, y uso cansino de la palabra 'vintage'. Librerías que cierran (nunca me he acostumbrado, en París, a la desaparición de La Hune, ni en Bruselas a la de Posada), o que cambian… para mal. En Oporto, Lello, universalmente famosa por 'Harry Potter', ahora cobra la entrada, cuyo importe te devuelven… si compras. No pienso volver. Horrible asimismo la conversión de la parisiense Shakespeare & Company en lugar para turistas norteamericanos (los mismos que abarrotan, por culpa de no recuerdo qué película hollywoodiense, el Grand Colbert), aunque se mantiene digno, en el local contiguo, su anticuariado, que sigue deparándonos sorpresas parecidas a las que nos proporcionaba George Whitman, que a los españoles siempre nos hablaba, nunca supe por qué, del Puente de Vallecas. Pasear por el centro de Valencia es para el letraherido una experiencia dolorosa. En la calle de la Nave, antaño epicentro del papel por su proximidad a la universidad, no queda ¡uno solo! de los libreros de viejo, uno de los cuales ha sido recientemente objeto de una novela, que quiero leer. En cuanto a Barcelona, mis frecuentes visitas me dejan siempre melancólico. En el Gótico y aledaños, que siempre traen a mi memoria al gran Joan Marca, casi no quedan paraísos de papel (tres felices excepciones: Rodés, Rouse, y Selvaggio…), y en cambio abundan paellas y sangrías para turistas, y tiendas de souvenirs gaudinianos, dalinianos, mironianos, mariscalianos… Todo ello, eso sí, aderezado, como en todas partes, con la dichosa etiqueta 'vintage', que allá aplican a remedos warholianos o de ilustraciones del 'New Yorker', vendidas como supuestos ejemplos de 'ilustración catalana'.

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