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Maroc Maroc - ABC.ES - Opinión - 08/Feb 21:15

Ideología

No hace mucho me topé en un texto académico con la expresión 'ideología objetiva' y me quedé un tanto perplejo. Incluso si ideología se emplea en el sentido, digamos, aséptico de «conjunto de ideas fundamentales» de una persona o colectividad, como lo recoge el diccionario académico, es difícil conciliar la objetividad con los rasgos propios de un «ideario», «credo» o «doctrina» (según los sinónimos que proporciona igualmente la Academia). La sensación de paradoja se acentúa si 'ideología' no se toma en la acepción ya vista (que corresponde más bien a una cosmovisión), sino en su sentido habitual de «ideario o credo político», como recoge el 'Diccionario del español actual' de Manuel Seco y sus colaboradores. No es, claro, que la política no pueda ser objetiva, si aquella se entiende como la dirección y gestión de los asuntos públicos y esta como la menor distorsión posible entre el objeto y el resultado de la percepción. El asunto es que un ideario sociopolítico raramente es un manual de instrucciones de la 'res publica', puesto que, necesariamente, implica una serie de postulados sobre cómo funciona la sociedad y, sobre todo, cómo debería hacerlo. De aquí pasamos a los ideales, que, por definición, no son objetivos, simplemente porque no pueden contrastarse con datos empíricos. Vienen a ser hipótesis de trabajo políticas que, de poder llevarse a la práctica, quedarían refutadas o validadas en virtud de su éxito. Resulta, pues, interesante diferenciar entre un ideario sociopolítico y una ideología, tomando esta en el sentido más específico adoptado por el análisis sociopolítico del siglo XIX. En este, la ideología solía conllevar cierta distorsión o, al menos, desafección de la realidad, mediante su enmascaramiento. En su formulación clásica, la de la sociología marxista, la ideología constituye un rasgo de superestructura, es decir, algo que se superpone a los elementos de organización social (la estructura) y a los condicionantes básicos constituidos por los modos de producción (la infraestructura). Como elemento superestructural, la ideología, además de no ser neutra, tampoco es inocua, porque su misión es justificar la estructura social y la infraestructura productiva. Ahora bien, en una sociedad dada pueden coexistir diversas ideologías, propias de diversos grupos y corrientes, normalmente compitiendo por la primacía. La función de la ideología no es, por tanto, ofrecer una imagen realista del entorno y mucho menos su análisis. Su misión es justificar a toda costa una determinada línea de acción política (conformista o inconformista, religada o desligada). Para ello, se basa en un ideario reducido a términos dogmáticos, nutrido de apriorismos y prejuicios, en el sentido original del término. En consecuencia, se vincula a una serie de sesgos cognitivos, esos atajos mentales tan útiles para formar una opinión como inadecuados para generar conocimiento. Entre tales sesgos destacan el de confirmación, por el que damos más credibilidad a los datos que concuerdan con nuestras creencias previas que a los que las cuestionan, y el de disconformidad, que nos hace ser más críticos con los datos refutatorios que con los confirmatorios. Ambos encuentran un fuerte apoyo en el sesgo de la fuente única, es decir, la tendencia a reducir el origen de nuestra información a unos pocos medios que consideramos fiables, cuando realmente solo son afines. Con todos estos sesgos, la ideología se retroalimenta. Baste pensar en el hecho de que, conocido un titular, el lector tiene una alta probabilidad de acertar con el medio, del mismo modo que, dada una cabecera, tiene parejas posibilidades de acertar, si no la letra, sí el espíritu de un titular sobre determinados asuntos, quizá, me atrevería a decir, sobre cualquier asunto que los medios actuales consideren digno de un titular. La ideología así entendida se da en todo el espectro político, aunque, ciertamente, a menos ideario, menos ideología, porque el pragmatismo tiende a contentarse con la política de hechos consumados. Siempre quedarán, no obstante, suficientes restos como para justificar cualquier acción en nombre de palabras con mayúscula. Al no permitir al sujeto ideologizado el acceso ecuánime a su entorno, la ideología resulta constitutivamente no objetiva, aunque sí intersubjetiva, pues suele ser grupal y, además, identitaria. Dicho en otros términos, la ideología es como una lente con filtro que solo deja ver según qué cosas, adelgazándolas o engordándolas por añadidura. Obviamente, tal combinado de filtrado y distorsión no permite analizar lo que sucede en torno, sino evacuar explicaciones prefabricadas que garantizan la integridad de la ideología y la cohesión de quienes se amparan bajo su manto. Por ejemplo, cuando un apagón deja a un país a oscuras y unos se apresuran a culpar a las energías renovables y otros a exculparlas, en virtud de sus respectivas afinidades, en lugar de suspender el juicio hasta disponer de informes técnicos solventes que nos permitan saber qué pasó realmente (o la mejor aproximación posible) y nos revelen qué se puede hacer para evitar que se repita. De este modo, la ideología permite evitar el disenso interno a base de acentuar la confrontación externa, radicalizando la diferencia entre 'nosotros' y 'ellos', porque, ya se sabe, al enemigo, ni agua. En consecuencia, al debate de ideas (vehemente, si es preciso) lo sustituye el burdo cruce de descalificaciones, a menudo simples etiquetas –'facha' o 'rojo', 'fascista' o 'comunista'– que, a estas alturas, solo significan que se es de un grupo o de su contrincante, incurriendo en un falaz 'argumentum ad personam', como si la validez de una proposición dependiese de quién la enuncia y no de su propio contenido. La ideología deviene, así, como atrofia morbosa del ideario, en degeneración cognitiva que ocasiona ceguera mental. Esta es a menudo autoimpuesta, ya que no solo es indolora, sino que provoca múltiples satisfacciones, como un considerable ahorro en el esfuerzo de pensar (ya que las consignas incluyen soluciones para casi todo) o la complaciente superioridad moral que permite zanjar cualquier discusión mediante un adjetivo excluyente o ejercer, según el credo, de voluntarioso ejecutor (moral, en principio, pero denle tiempo al tiempo) del Santo Oficio, la Gestapo, el NKVD o la Stasi. Ceguera ideológica es creer que una diferencia de ideario anula a alguien como literato, o artista, o ensayista, o jurista… Luego vendrá a inhabilitarlo también como ingeniero, astrofísico, arquitecto o matemático y finalmente (en los anales consta) pura y simplemente como persona. Entonces, a la dialéctica de los conceptos escamoteada por el lanzamiento de consignas e improperios la sustituirá –una vez más– la dialéctica de los puños y las pistolas, pues, como reza el viejo adagio latino, 'fatum quos vult perdere caecat'. El destino ciega a quienes quiere perder. Lo malo es que, en este caso, quienes más perdemos somos todos los demás.

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